Recuerdo contemplarla por varios minutos mientras dormía, después de una larga e inolvidable noche, y al final justo antes de dormir darle un tímido y torpe beso en la frente, un beso inocente, lento, romántico; esa era la señal de que terminaba la historia, otro día perfecto, una hoja más para esa tan buscada leyenda de amor.

Me gustaba mirarla fijamente a los ojos, en verdad lo hacía a diario; supongo que llego a notarlo. Para mí era como desnudar su interior, era alma con alma, corazón con corazón, yo sabía que solo eso le daría sentido a los días malos, era lo que llenaba al vacío y reconfortaba el interior.

Y no podría omitir los abrazos ¡Nunca olvidare sus abrazos! fueron tiernos y siempre sinceros; de los que te enmudecen y detienen el tiempo, como si ya nada importara, como si todo se hubiera ido, abrazos que te hacían viajar muy lejos, de esos que hacen hablar al corazón.

Saben, curiosamente no recuerdo ningún pleito o discusión; el amor nunca lo permitió o mi mente solamente lo omitió ¿Increíble no? y a pesar del mar de diferencias solo logro recordar sonrisas, miradas y risas ¡Vaya que reíamos juntos! por todo y por nada, sin motivo, sin razón.

Ella me regalo esa niña oculta y yo a ese, mi niño interior.

 

 

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