Me abandono al cansancio, aunque intento resistirme hasta que él vuelva. Necesito que me explique tantas cosas… Necesito las respuestas a mi preguntas.

Pero el sueño me vence y acabo envuelta en una neblina oscura en la que no existen los sueños, solo el descanso.

Un rato más tarde, no sé exactamente cuánto tiempo ha pasado noto algo cálido y húmedo sobre mi frente. Abro los ojos con lentitud, de nuevo no tengo mis gafas. Y veo un rostro sobre el mío. Lo reconozco. Es él. Cyril.

Me intento incorporar pero él pone sus manos en mis hombros y me retiene.

—Quieta —dice con tranquilidad—. Tienes fiebre.

¿Fiebre? Hace años que no me pongo enferma. Mis defensas son fuertes, juraría que las mejores del mundo. Toso un poco y me resigno a quedarme postrada en la cama.

Con una gasa comienza a quitarme la suciedad de la cara mientras comienza a contarme:

—Es peligroso —dice serio—. No puedo decirte qué es lo que te pasa. Qué eres.

Escucho sus palabras a través de la nube de estupor que me anula el sentido y frunzo el ceño.

—¿Y entonces? —logro decir con una voz enfermiza.

Se queda mirando mi brazo que ahora esta limpiando con sumo cuidado. El agua está fría y sus manos calientes, me hace tiritar.

—Cállate y escucha, ¿bien? —asiento y él sigue—: Posees una especie de anomalía o algo así, no debes saber de que se trata si quieres estar a salvo.

Abro mucho los ojos, sorprendida. Sabía que algo en mí era extraño. Soy rara. Ahora está confirmado. Antes solo lo sospechaba, por eso no tenía amigos y los chicos me rehuían. Por eso se reían de mí. Y ahora ya sé por lo qué es. Pero dudo que ellos supiesen que tengo una anomalía no común.

Termina de limpiar mi brazo que ahora ha quedado en su color natural y se dispone a curar algunos rasguños. Escuece y aprieto los dientes. Son pequeños, pero traicioneros.

—Exagerada —masculla—. El caso es que tu rareza te salvó de una muerte segura y nadie debe saber que has sobrevivido, porque te buscan. Quieren utilizarte.

Deja que asimile sus palabras y espera alguna reacción por mi parte, que conteste, que diga algo. Me limito a asentir. No tengo palabras.

—Y no debemos dejar que lo hagan porque tendrá caóticos resultados.

Esas palabras si que me inquietan. Me remuevo mientras coge una gasa limpia, la introduce en el agua helada y pasa a limpiarme el otro brazo, inclinándose sobre mi cuerpo, aplastándome y haciéndome la respiración más difícil.

Una sola persona no puede causar tantos estragos. Por muy poderosa que sea. Y yo no soy muy poderosa, a pesar de haber sobrevivido a un accidente aéreo.

—¿Hay más como yo? —digo con la respiración entrecortada.

Él vacila y evita mi mirada. Creo que va a mentirme.

—No —dice muy seguro de sí mismo; aunque no logra convencerme del todo. Vuelve a mirarme a los ojos con intensidad. Está muy cerca de mí y no me gusta—. Y por eso vamos a realizarte unas pruebas. Durarán diez días. No te haremos daño.

Entiendo que quieran ver de dónde procede mi singularidad. Pero tengo miedo. Nunca me han gustado los médicos, ni las pruebas, ni nada que tenga que ver con ello. Y esto suena demasiado a eso. Trago saliva y me trago mis miedos, después asiento vacilando.

—Empezaremos mañana si ya te encuentras mejor, ¿vale? —me resoponde acariciando mi mejilla con el dorso de su mano.

Asiento estremeciéndome. Este chico me da miedo. Tiene unos cambios de humor muy extraños y creo que me oculta algo. Aunque quiero confiar plenamente en él porque se supone que me está ayudando.

Da por conluida nuestra conversación y sigue limpiándome y limpiando mis arañazos. Necesito una ducha. Y necesito comer y beber algo.

Pero yo no quiero dar por concluida nuestra conversación, aún tengo preguntas.

—¿Por qué se estrelló el avión? —le digo.

Él me mira a través de la oscuridad con esos ojos que me hacen estremecerme, me intimida de nuevo. Cómo siempre.

Desvía la mirada y se humedece los labios a la vez que sacude un poco la cabeza.

—Eh… No lo sé. Han desaparecido las cajas negras —responde después de unos segundos; titubeando.

Asiento repetidas veces sin mucha convicción. Me duele la cabeza, pero necesito seguir.

—Creía que como estás en el ejército… Vosotros lo sabríais —él sacude la cabeza como si hubiera dicho una tontería y probablemente lo haya hecho—. Necesito darme una ducha, comer… —digo desviando la mirada a un punto oscuro de la estancia.

Quiero preguntarle quiénes son los responsables de mi peligro. Cómo saben de mi existencia y muchas cosas más. Pero… No creo que sea buena idea. Además no me lo diría.

Él asiente y se incorpora.

—Tienes razón, te traeré algo de comer. Pero la ducha tendrá que esperar, estás enferma y seguramente te marearás al dar dos pasos seguidos —dice volviendo a irse.

Intento replicarle pero no me salen las palabras. No estoy tan débil, simplemente tengo fiebre.

Cierra la puerta y me deja de nuevo sola con mis pensamientos. Es muy misterioso todo esto. No entiendo nada. Sigo sin entender nada.

Y lo que más paradójico me resulta es que he estado toda la vida soñando con ser alguien importante, hacer algo que merezca la pena. Ser una heroína, como en los libros de ciencia ficción que solía leer. Y es que yo tengo un extraño poder que podría aparecer en cualquiera de esos libros.

Suspiro. Esta vez intento no dormirme. Y sorprendentemente lo consigo. Se abre la puerta y aparece Cyril que enciende la luz. Lleva entre sus manos una bandeja con una botella de agua, un vaso de zumo y varios platos que no sé qué es lo que llevan. Los deja encima de mi regazo y me ayuda a incoporarme, me mareo un poco, pero me recupero en un segundo.

—¿Te ayudo? —dice.

Intento sonreír y sacudo la cabeza. Ya soy mayorcita -aunque él piense que no- para que me estén dando de comer como a un bebé.

Observo la comida que me ha traído y pierdo el apetito. Ensalada y fruta. Me gusta la ensalada y también la fruta. Pero ahora tengo tanta hambre que me esperaba una hamburguesa con patatas fritas.

Debo de haber puesto una cara extraña porque se ríe. Y vuelve a darme miedo su cambio de humor. Porque inmediatamente se pone serio y dice:

—Come, estás enferma y no puedes comer lo que sea.

Vaya, ahora parece mi padre. Suspiro e introduzco el tenedor de plástico en el plato de ensalada. Pincho un trozo de lechuga y me lo meto en la boca. Esto me hace tener más hambre. Lo veo observarme y lo fulmino con la mirada.

—¿Qué? —dice con esa voz dura que lo caracteriza.

Desvío la mirada y mientras pincho un poco de tomate respondo:

—No me gusta que me miren mientras como.

Él asiente, pero sigue mirándome.

—Bueno, pues tendrás que acostumbrarte. Aquí quién sigue órdenes eres tú. Y sigues mis órdenes porque soy tú superior. Así que tendrás que aguantarte.

Genial. Me da más miedo ahora. Termino la ensalada y bebo agua. Me refresco por dentro. La necesitaba.

-¿Y el zumo? -dice autoritario.

Cada vez me da más miedo y me hace sentirme más frágil. Miro el vaso y me encojo de hombros. Es de naranja. Me gusta el zumo de naranja. Pero…

—No creo que la ensalada y el zumo sea una buena combinación —le digo desafiándolo.

Él asiente y coge el vaso con el zumo de naranja y se lo lleva a los labios.

—¿Algo más que añadir? —dice con el cristal del vaso acariciándole los labios.

Asiento alzando las cejas y sonrío.

—Odio la pulpa de la naranja. Y éste zumo tiene pulpa —le guiño un ojo y comienzo a comerme el plato de fruta.

Entonces me vuelca el contenido del vaso sobre la cabeza, cierro los ojos y abro la boca estupefacta. Lo miro y veo que su expresión no es muy amigable. Ahora sí da miedo.

—¿Te crees qué me importa? ¡Aquí se hace lo que yo diga! —me grita.

Me levanto enfurecida y consigo marearme. Me enredo entre las sábanas y tropiezo pero no llego a caerme.

-¿Qué haces? -dice interponiéndose en mi camino con los brazos cruzados en el pecho.

No me lo pienso y me da igual que diga ser mi superior. Cojo impulso y le acierto en su perfecta mandíbula con mis nudillos. Desato toda mi rabia. Ha sonado fuerte, me llevo las manos a la boca que acabo de abrir sorprendida de mi fuerza y él se lleva la mano a la cara, donde le he dado. Intento salir corriendo, pero en breves momentos estoy inmovilizada sobre la cama mojada de zumo de naranja con pulpa. Con Cyril aplastándome con su peso y sujetándome por las muñecas que están a los lados de mi cabeza. Me hace daño.

Intento disculparme pero no me deja hacerlo.

—No has debido hacer eso —me dice tranquilo, pero enfurecido—. Que sea la última vez. Te dije que tuvieses cuidado conmigo. Y debes tenerlo, porque no sabes de lo que soy capaz.

Su aliento roza mi nariz y me hace estremecer.

Me mira con sus ojos grises con pintas azules oscuros que me amenazan sólo con posarse sobre los míos. Trago saliva asustada mientras el temor crece y crece en mi interior.

Se levanta y me libera de su cuerpo. Pero no me suelta, me coge fuertemente por el brazo y me empuja hasta la puerta. Está enfadado. Muy enfadado. Y esto no me conviene.

Abre la puerta y quiero preguntar a dónde vamos, pero estoy asustada y prefiero no hacerlo.

Antes de salir dice inexpresivamente:

—Marina ya no existe. Está muerta. Ahora eres Eme. A secas.

Vaya que ingenioso. Pienso. Pero me trago las palabras, no quiero hacerlo enfurecer aún más.

Paladeo mi nuevo nombre. Eme. No me gusta. No me gusta tener una letra por nombre. Y enrojezco de furia. No me gusta nada de esto. Aprieto los dientes y él aprieta su mano contra mi brazo.

Avanzamos a través del largo pasillo blanco que hay detrás de la puerta de la estancia. No tiene ningún adorno, ni siquiera ventanas. Pero está muy bien iluminado.

Resoplo.

—Cállate —susurra advirtiéndome.

Asiento y trago saliva.

Me pregunto a dónde vamos mientras seguimos avanzando por este infinito pasillo. A lo mejor ha decidido abandonarme a mi suerte. Y no me gusta la idea.

Quiero volver a mi vida de antes. A la sencilla. Con mis padres y mi pesada hermana. Al recordarlos una espada atraviesa mi corazón, matándome. Cierro los ojos para evitar que las lágrimas recorran mis mejillas pero ya es tarde.

Por fin llegamos a la puerta que hay al final del pasillo.

Espero que os esté gustando, corazones. Os espero próximamente. Muchos besos, Lucy angela. 

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