– ¿Hasta dónde queríamos llegar? Mira donde estamos. – Suspiró mientras levantaba la mirada desafiandole a los ojos.

– No lo sé… – contestó ella. Hemos perdido demasiado tiempo, puede que estemos en la estación equivocada. O que nuestro tren todavía no haya pasado. – y observó el cielo, donde revoloteaban a lo lejos, cientos de pájaros. Formaban figuras, figuras sin sentido ni significado, al menos en ese momento. En otras ocasiones, cuando salía sola a pasear en aquellos prados verdes, solía echarse boca arriba sobre la húmeda hierba, y pensaba. Encontraba multitud de significados para cada una de las formas y siluetas que lograban los pájaros. Multitud de significados. Pero eso se acabó.

– La verdad, no sería sincero si te digo que estoy aquí contigo para esperar un tren que cambie nuestra rutina. No quiero nueva rutina, no quiero cambiar la hora de nuestro beso por las mañanas, quiero que siga siendo a las 9:09; como el día en el que nos conocimos. ¿Se te ha olvidado? El nueve de Septiembre, aquello fue maravilloso. Y por supuesto no quiero que nada cambie, porque más vale malo conocido que bueno por conocer. Y aunque tengamos nuestras diferencias, sé que lo que quiero es estar contigo. Tú eres mi rutina.

Miró allí donde se pierde el cielo, donde se traza la tierra; al horizonte. Quiso decir algo, pero su voz tembló; y también todo su cuerpo. Una extraña sensación de escalofrío, dio de repente, significado a todo lo que le rodeaba.

Una inocente mirada se rindió ante aquel hermoso paisaje, y sobretodo ante la persona que en apenas unos segundos, le había devuelto el significado: a ella, y a su vida.
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