Átomos color ámbar y escarlata rebotan insaciablemente sobre las paredes cardiovasculares. Un hito dorado, con un atado de lilas,  está clavado en su centro,  médula espinal que desencadena sus desvaríos y controla la infinitud de sus gestos.

Abre los ojos, se toca la punta de la nariz y hace bailar los dedos de sus pies en efecto dominó. Cae, aterriza con las manos, siente como el rocío juguetea sin timidez entre sus dedos microscópicos.

 Da una vuelta carnero,  el mundo gira coreográficamente, ensucia su cabellera con el lodo e impregna esmeraldas en el mismo. 

Camina entre un sendero de amapolas y narcisos, arranca los pétalos sin piedad, se los come cuales caramelos de orozuz y granos de café en la mañana.

Pisa intencionalmente moras y ciruelas, las escucha explotar y siente como fluyen los jugos bajo sus pies.

Junta piedras con mica pegada, hace torres con ellas, las derrumba creyéndose un gigante. Entre tanta sinonimia encuentra un fragmento de magia albina, lo guarda en su bolsillo. 

El aroma a menta estalla su integridad, su cuerpo se subdivide inconscientemente. Los pies descalzos aferrados a la tierra, las criaturas subterráneas caminan en torno a sus tobillos. Sus manos cuelgan en nubes azucaradas, amargas, saladas y ácidas, jilgueros picotean suavemente entre sus uñas sucias hasta dejarlas impecables. El cofre delirios y el cofre de utopías se deslizan sobre la masa cósmica que juntos hacen y deshacen, se abren y se cierran.

 Saca los pies de la tierra,  aleja de su recinto a una lombriz. La lombriz baila sola, desesperada. Acaba con su soledad, la divide en dos. No conforme arranca los puntos extremos de ambas e imagina que tienen dos hijos pequeños que danzan un tango agónico familiar. Sonríe y se va, las uñas vuelven a estar sucias. 

Desentraña malaquitas a su paso, su galope desenfrenado culmina en un atroz beso oxidado. El hito fue abrasado por un huracán rosado y febril, los elementos se vuelven el doble de caóticos. Brotan zafiros cortantes, todo es un ciclón de alambres de púa, hojas y pigmentación celestial. El primer beso que no fue beso, fue un tarascón que peló sus labios y clavó sus colmillos en ellos. Brillantina granate los arropa  y enciende una nueva secuencia de muecas. Nunca antes experimentó el dolor de tal forma. Se muerde la lengua, vuelve a detonar su universo entrópico, reinan caudales de destellos colorados y cataratas cristalinas. Luego se cansa de tanto alboroto, se sacude las sucias rodillas (descubre que están raspadas, otra vez) y vuelve a su despreocupada labor, saboreando la sangre y las lágrimas.

Los átomos color ámbar y escarlata parecían salirse de su lugar. Una fresca brisa sacudió a su hito, las lilas se frotan unas con las otras emitiendo dulces y agudas risas, se encontraban emocionadas. Dicho éxtasis se expandió por todo su cuerpo. Las plumas de un pavo real le hicieron cosquillas en la planta de los pies y bajo los brazos. El verde de sus ojos se extinguió, las pupilas negras expulsaron a su iris esmeralda, eran tan brillantes y oscuros como un escarabajo acuático secándose al sol.  Un desfile de mariposas de mermelada de frutilla y libélulas azules hizo remover sus cofres, intercambiar esencias. Se relamió los labios y saltó extendiendo los brazos. Cayó de rodillas sobre bellotas puntiagudas. Se abrió una vieja cicatriz, la sangre se escurre por sus delgadas piernas. Siempre se lastimaba en ese sitio. Entendió que para lo único que servían las rodillas eran para crear sufrimiento. Se desprendieron un par de lentejuelas plateadas, se consumieron al ver que entre sus manos tenía una mariposa monarca. Sus palmas cambiaron a un color naranja, acompañado por unas pequeñas estrellas. La mariposa se fusionó con  el viento, volviéndose invisible a los ojos de este ser.

Sus mejillas rosadas, banquete por excelencia de los mosquitos, se volvían más hinchadas y coloradas cuanto más tiempo pasaba por ahí.
Camina en puntas de pie, sus ojos pantanosos se dilatan al escuchar una alondra cantar.

Arrugo su frente, sintió algo frío escurrirse en ella. Una lluvia de meteoritos cristalinos cayó. Se le erizaron los diminutos bellos de los brazos, su piel de canela se crispó. Coro de ranas. 

Se refugió bajo un inmenso roble. El olor a tierra mojada le dibujó una sonrisa.

Parte ramitas para sentir su aroma. Huele cosas nuevas, las ve, las siente, las oye, las degusta, guarda sensaciones en un cofre.

Descubre un mundo nuevo al ver debajo de una roca. Un sapo sale prendido de un cometa. La familia de lombrices sigue bailando. Toma una rama y golpea a un bicho para que se haga bolita. La lluvia cesa, baja la roca, el sol se esconde.

Patea el rocío, salta, gira en sí. Las flores peluditas de un viejo álamo cayeron sobre su cabello. Pone una tras su oreja y se come otra.

Toma un gorrión del suelo, lo acaricia levemente con su meñique pero no se mueve. No entiende, parpadea tres veces. Entiende, llora.  Cava un hoyo, entierra al gorrión muerto, hace una inestable cruz con las ramitas del álamo y sigue caminando. Llora un jacarandá flores amatistas de luto.

El coro de ranas es suplantado por una sinfónica de grillos, con luciérnagas como reflectores.

Tiene los pies marrones de tanto andar ligero. Por donde quiera que camine, tiene alguien detrás. Piensa que la Luna le sigue el paso, tiene razón. Se reflejan en un charco, pisa el reflejo y espera a que se acomode. Junta ramas de cualquier árbol, y une los puntos reflejados en el agua. No sabe lo que es, pero sabe que es hermoso. 

Se acuesta sobre las malaquitas húmedas, tantea su bolsillo, esta el pedazo de vida. 

Mira los puntos que unió, saca su nueva extremidad y crea sus propios puntos y uniones. Todo es posible con un cofre lleno de incoherencias e inventiva. Todo es posible con una tiza.

Cierra los ojos, las pestañas le llegan hasta las mejillas sonrosadas. Visualiza sus bosquejos galácticos, huele el olor a menta, a tierra mojada, a ramas partidas; saborea la sangre,  las lágrimas,  las nubes; escucha a los grillos, a la alondra, a las ranas; siente la textura de una lombriz, de un gorrión, de una mariposa, de los pétalos, del agua; el mundo es una sinestesia. Curiosidad, alegría, dolor, muerte, placer, tristeza, todo en pequeñas cosas.
Su ser completo se eleva, los pies anclados son libres. La tierra se desmorona poco a poco. Los árboles caen, las flores se marchitan, los pétalos se desgranan al caer y todo ser con vida se hace el dormido, yace.
Los átomos escarlata y ámbar permanecen callados, aguardando. El hito no sabe hacia donde marcar, se mantiene estático. Las lilas cuchichean en forma pasiva. 
El cuerpo de ese alguien atraviesa las nubes, los jilgueros caen en picada.
Todo es una encrucijada de luces de neón. Abre sus ojos incautos, fulgor enceguecedor. Realiza toda serie de piruetas al descubrir que nunca caerá. Se relame los labios impregnados del sabor múltiple de las nubes. Ninfas fluorescentes aparecen de manera repentina tras los cuerpos celestes, bailan alrededor de su ser entrópico.
 Se dirige a un punto plateado, toma su tiza y empieza a dibujar constelaciones. Rosas, sirenas, gorriones, mantis religiosas, muérdago, jilgueros, medusas, cíclopes, colibríes, claveles, abstracciones, sus cofres se abren y liberan todos los elementos caóticos  que hay en ellos.
Por más que cree mil desvaríos, la tiza se regenera.
Los átomos ámbar y escarlata traspasan las paredes cardiovasculares, rebotando en todo su cuerpo. El hito se quiebra por la mitad, las lilas echan raíces y se expanden en su ser en la fugacidad de un segundo. Su integridad eran pétalos que controlan sus movimientos. El ser danza solo, se dibuja a si mismo para tener un compañero. Luego de un tiempo se vuelven a unir. Sus representaciones se esfuman en su piel canela, volviendo a los cofres. Todo es efímero pero inmortal.
Las ninfas vuelven a sus respectivos cuerpos celestes. Dio un par de vueltas más sobre sí, y fue hacia su perseguidor, la Luna. Dibujó algo sobre ella que de pronto olvidó.
Los átomos color escarlata y ámbar vuelven a su estado original. El hito renace y las lilas se enredan a el. 
Se recostó sobre ella, mira al infinito, mira su mano, se le sale una lágrima. Cierra los cofres, cierra los ojos, y se duerme.
Abre los ojos, se toca la punta de la nariz y hace bailar los dedos de sus pies en efecto dominó. Cae, aterriza con las manos, siente como el rocío juguetea sin timidez entre sus dedos microscópicos…














PH:  Camille Chico. 
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