No es más asombroso nacer dos veces que una sola,
 pues todo en la naturaleza es un permanente renacer.
Voltaire

Al final del camino de su existencia, estaba Framton vagando a través del cementerio donde con dolor dio triste sepultura a su querida madre. Las lágrimas recorrían su rostro mientras en su mente se proyectaban los desgarradores recuerdos de su hermosa ausente, ahora alabada por los ángeles, pero aquí, en el planeta donde la miseria inundó su alma hasta transformarla en una mujer sin otro pensamiento que la obsesión inocente con las imperfecciones naturales de un mundo azaroso, ya sin nombre para siempre.
Existen diversos tipos de muerte, en uno el cuerpo se desvanece en conjunto con la eternidad. En otro, el alma perdura, pero lejos del envase físico;  y la más dolorosa según los expertos oníricos, homólogos de los dementes del mundo real, el alma desaparece, se esfuma de la existencia mientras que el cuerpo deambula frente a los ojos de cientos de espectadores, en las calles, en los teatros, en los parques y en las escuelas. Lastimosamente es una pandemia de muerte extracorpórea que domina a los humanos convirtiéndolos en autómatas.
En el segundo caso, el alma viaja a una dimensión desconocida para la mente racional, un cosmos donde el sentido común desaparece y las leyes físicas son fantasías insignificantes. Framton lo sabía. Adquirió este conocimiento viajando en sus sueños, investigando en fuentes dispares, adentrándose en un mar de ilusiones, hasta que finalmente llego al punto en el que fue seducido y embriagado por aquel universo irreal. Desde ese momento descuidó la realidad y fue víctima de los desgraciados resultados.
En un mes la muerte poseyó su ser.
La vida le dio tregua a su agonía, y esa noche según los médicos era la última. Por ende, su última visita a ese maravilloso lugar, hogar de sus alucinaciones.
La última vez que podría observar a su adorada madre, solo viva en sus recuerdos.
Surgió en el cementerio, ése que tan tristes memorias le traía. Arrastrándose a través del camposanto buscando la infortunada sepultura, se topó con todas sus evocaciones de la infancia, las observo y lloro de nuevo por la melancólica y fatal noticia. Cuando a lo lejos, vio la figura de su madre, erigiéndose sobre una colina verde olivo. Ella le sonrió y se esfumó para no volver nunca más.
Después de esa visión, sintió una presión en el pecho, el firmamento se estaba apagando lentamente, comprimiendo todo a su paso.
Su sueño estaba implosionando.
El nuevo comienzo estaba cerca.
En el cielo oscuro se estaba dibujando el jirón sagrado, la matriz que le dará de nuevo la vida, en otro lugar y en otra época. Este espectáculo alentador lo llenaba de terrores, nunca antes sentidos por sus pieles delgadas. Sentía su corazón latir con más calma, como si se preparara para expirar. Se resignó a su cruel destino, que a la vez conllevaba un poco de esperanza. Procedió a cerrar los ojos y se preparó para el impacto.
Abrió los ojos de nuevo…
Estaba recostado en la cama de sus padres. Junto a él, su madre, tan radiante como la recordaba y con una lozanía propia de un espíritu agraciado.
Al parecer la fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Cuando los caminos se bifurcan en las plenitudes singulares del universo, la línea temporal no se ve afectada en lo absoluto; por otro lado, a veces sucede el caso contrario. Y al amalgamarse los senderos correspondientes al espacio real y al onírico, las consecuencias de las causas (recordemos que en el mundo quimérico suceden innumerables e infinitas situaciones, solo que estas suceden en reversa y sin lógica) son de un linaje extravagante y los resultados tan densos, sorprendentes y variados que sería grotesco intentar expresarlo en palabras escritas.

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