(Basado en hechos reales)

Nunca nadie le dio importancia…


Siendo una niña, nunca le gustaron las Barbies… jugaba más con esos peluches tan regordetes y suaves que rondaban por su cama. Siempre fue una niña sonriente, risueña, que corría detrás de todos sus sueños. Que velaba por todos, y daba cariño a cualquiera que conociese. En los recreos no se disfrazaba de princesa, sino de cualquier super héroe con la intención de ayudar a todos. 

Jamás estaba sola, siempre buscaba compañía. Nunca dejaba de hablar, de cantar, de jugar, de saltar, de animar a todos sus amigos. Sin importarle nada, sin interesarle lo que sus amigas pensaban de ella, porque era lo bastante extrovertida para dar a conocer cualquiera de sus gustos.




Lamentablemente esa forma de pensar no alcanzó sus ocho años de edad, o tal vez menos. Fue durante ese año cuando empezó a recibir abusos de los compañeros, casi todos de sus aparentes amistades femeninas, catalogándola de rara o incluso, anormal. Desde ese año sentarse o llevarse con niñas de su edad fue un reto. Sobretodo a la hora de hacer juegos por equipos o trabajos, ya que era excluida de una manera incluso llamativa. Por lo que ella se resguardaba en sus amigos, aquellos que jugaban a fútbol, a los cromos, hacían el pino… y se comportaban de forma distinta a ella. Pero asombrosamente no vio en ellos otra cosa sino un refugio. 
Cosa que puede que no fuera del todo positiva en su vida escolar, ahora ya no era anormal; era un chico, una antisocial, una tía rara…

A los once años de edad ir al patio suponía soledad, un espacio incómodo… media hora que daba lugar a palizas, a que la encerraran en el baño, a que le quitasen el almuerzo, a que creara poco a poco un sentimiento de aislamiento y abandono en sí misma.

Sin amigas, estudiosa, sola, seria…
En cuestión de tres años era extraño verla sonreír, verla hablar, observarla correr, e incluso soñar. A sus once años tuvo que aprender a no confiar en nadie, a dar sin recibir nada a cambio. A culparse a sí misma por todo cuanto hacía, a no conocer más gente, a castigarse…


A partir de esa edad empezó a cuestionarse alcanzar su sueño más primordial, la perfección como salida a sus problemas, para eliminar todas las críticas a las que era expuesta… porque pensaba que así, huiría de todo lo que había pasado y todo lo que quedaba por venir. Así que, cambió moralmente… pero también físicamente. Con a penas doce años, compraba revistas diariamente, buscaba dietas en Internet, hacía deporte en exceso siendo peligroso para su cuerpo, se exigía demasiado a sí misma… se autolesionaba por todo aquello que no lograba, comía únicamente lo necesario sacando partido al suero fisiológico.

Su piel rosada era ahora amarillenta, sus uñas, antes largas y sanas, ahora estaban rotas y medio moradas, sus ojos estaban hundidos, “con ojeras” -decía. Sus músculos se hundían, sus huesos sobresalían. Su temperatura no era cálida, sino muy fría a cualquier hora. Su estómago empequeñecía a medida que las semanas pasaban, haciendo que comer le produjera fuertes dolores. Yendo al colegio enferma, estudiando como podía, y sobreviviendo a sus compañeras inhumanamente. Porque a los doce años, los patios suponían esconderse, estar encerrada en un baño, DESAPARECER. 

Y todo ello por culpa de una presión social demasiado temprana. Y ahora habiendo pasado ya casi nueve años, ella sonríe a ratos cuando está con gente, pero las pesadillas devoran su mente y el miedo la corroe por dentro.

Diariamente le cuesta sentarse a la mesa y hacer como que no pasa nada, es difícil no llorar todas las noches, es complicado olvidar todo aquello. Es casi imposible que ella sea como cuando tenía siete años, porque ya han pasado mucho tiempo y las cicatrices están secas, no curadas. 



Hoy en día ella no posee problemas a la hora de hacer amigos, ya no vive como antes, pero aún así… su mente desgraciadamente ya es defectuosa. 


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